El Imperio Romano
1.100 a.C
Los romanos, desde aproximadamente el año 1.100 a.C., destacaron por su impresionante legado arquitectónico, caracterizado tanto por estructuras cerradas como por exteriores monumentales. Uno de sus grandes avances fue el descubrimiento y uso del hormigón (conocido como «opus caementicium»), que revolucionó la construcción al permitir edificaciones más sólidas y duraderas.
Entre sus innovaciones arquitectónicas más notables se encuentran los arcos, las bóvedas y las cúpulas, elementos que permitieron la creación de espacios amplios y estructuras resistentes. Estas técnicas fueron aplicadas en una variedad de obras civiles y edificios públicos emblemáticos, como las termas (baños públicos), teatros, circos, basílicas y anfiteatros. Estos últimos, como el famoso Coliseo de Roma, se convirtieron en símbolos de su ingeniería y cultura.



Las ciudades romanas estaban cuidadosamente planificadas, con un diseño que incluía foros, templos y acueductos para garantizar el suministro de agua. Los edificios religiosos también tuvieron un papel destacado, reflejando la importancia de la religión en la vida cotidiana.

En cuanto a las viviendas, los romanos desarrollaron dos tipos principales: la «domus», que era una casa unifamiliar destinada a las familias acomodadas, y la «insula», edificios de apartamentos diseñados para albergar a la población urbana de clase media y baja.


La arquitectura romana no solo respondió a necesidades prácticas, sino que también buscó reflejar el poder y la grandeza del Imperio, dejando un impacto duradero en la historia de la construcción y el diseño urbano.